Como una selva desfasada, uno de los pulmones de Sevilla respira asfixiado. El tiempo no perdona a nadie si recae en la senda del divagar día tras día. Tampoco lo hace el abandono de sus instituciones, ni la decadencia paulatina de una sociedad que confunde sus horizontes. Los bancos respiran oxidados y tapados bajo una leve sábana de polvo. Los numerosos pequeños retales de un enclave único en España permanecen heridos en su piel. Y lo que es peor, con el alma deprimida al mirarse en el espejo de los ojos de sus visitantes. Cuando las doce campanadas se escuchan para dar paso a la madrugada, sus puertas se cierran y sus oscuros senderos trasvasan el suspiro de todos sus elementos. Es el parque de María Luisa recordando tiempos mejores.
Los duques de Montpensier, dueños del majestuoso Palacio de San Telmo, quisieron en pleno siglo XIX (1850) completar su residencia con la compra de dos fincas donde construyeron un jardín irrepetible, objeto de coleccionista, poema de la naturaleza. El enésimo tesoro nobiliario que florecía – nunca mejor dicho – en Sevilla. Éste, por sorpresa, pasó a manos públicas cuando la infanta María Luisa de Borbón cedió los terrenos en 1893, tal y como apunta la web oficial de turismo en Andalucía. Un regalo que recibió por compensación su nombre. Aquel paraíso en miniatura pasó a convertirse en el jardín común de todos los sevillanos. Un rincón callejero para sentirse como en casa. Su inauguración no pudo ser más intrínseca de la ciudad, pues el parque abrió su corazón para convertirse en otra de las bellas damas de Sevilla en plena Feria de abril de 1914.
Los ropajes de este museo natural se transformarían con nuevas galas de cara a la primera de las exposiciones del siglo XX, la Exposición Iberoamericana de 1929. Algunos de ellos son lugares dorados para la ciudad en la actualidad. La Plaza de América, hogar pasajero para las palomas, y sobre todo, la magnánima Plaza de España, obras de Aníbal González tal como puede consultarse en el archivo histórico de la web del Ayuntamiento de Sevilla, otorgarían al Parque de María Luisa el mayor resplandor que jamás alcanzó aquel bosque urbano en el que perderse era un regalo. Laberinto de romances, de paseos solitarios en esa eterna espera, de escritos bajo un árbol bohemio, de lágrimas temerosas y de retales personales a compartir.
La Exposición Iberoamericana de 1929 partió y con ella se fueron lentamente noches de desvelo absoluto. El Parque de María Luisa se acorraló en su soledad, y el crack de 1929 dictó la sentencia de los mercados, que por entonces ya elaboraban constituciones bursátiles. En su depresión, languideció aquel rincón durante casi tres décadas. Mientras tanto, su verde se tornó cada vez más oscuro y raudo, los azulejos dejaron de brillar a la luz del sol y el agua pasó de cristalina al color verdoso abandono. La sonrisa tímida se desdibujó a una boca entreabierta cuando los buenos tiempos se quedaron en recuerdo y no en realidad.

El estanque de los patos es uno de los lugares más visitados del Parque María Luisa l Daniel Moya López
Tras una leve recuperación en la década de 1950, la modernidad más reciente terminó de arrancarle aquellas galas que mantenían al parque con destellos de sus grandes días. El vandalismo que Sevilla jamás ha sabido frenar, e incluso ha dejado crecer, se apoderó de la selva, que al acaecer la noche se transformaba en un lugar muy distinto al que se escoltaba bajo la claridad del día. El Monte Gurugú pasó a ser la montaña de las caladas entre pandillas, igual que los compartimentos de esos trenes de la niñez, a los que se les robó la imaginación. La Plaza de España secó su canal, y en su desnudo dejó ver sus más profundas imperfecciones. Los azulejos de las ciudades del país tenían que ser restauradas una vez tras otra. Cuando se alcanzaba la capital de Aragón, Zaragoza, había que retroceder de nuevo al País Vasco para rescatar Álava.
Sevilla vio cómo el fango de la desconsideración se apoderaba del homenaje a algunos de sus personajes más característicos, como los hermanos Álvarez-Ossorio (hecho del que informa El Correo de Andalucía), o Gustavo Adolfo Bécquer. Algunos perdieron hasta la cabeza, por desgracia, no sólo metafóricamente, como recogió Diario de Sevilla. La imagen se tornó lamentable. Los visitantes se maravillaban incompletos al ver aquella dama natural de encantos en su esencia que trascienden más allá de sus cicatrices en la apariencia. Los sevillanos de a pie dejaron de asistir con tanta fluidez a su jardín. Todas las noticias que provenían de su pulmón era un drama tristemente normalizado. Los designios parecían consumados.
Sin embargo, en los últimos años las instituciones han reaccionado. Se miraron en el pasado y se reconocieron en los errores. La apuesta por devolverle la vida debía ser fuerte, tanto como el esplendor que podría alojar el Parque. La Plaza de España recuperó su auge, presentando un aspecto de ensueño, información de la que se hizo eco El Mundo. Sus canales volvían acoger barcas, sus ciudades a ser pequeños municipios de ese enorme semicírculo en el que descansar, la fuente a alzarse en busca del cielo y las vistas de sus zonas más altas un rincón íntimo en el que depositar suspiros y susurros al vuelo.
También sus jardínes, flores y algunas de sus fuentes. El estanque de los patos a seducir a estos animales. Sus senderos de albero a ser testigos de la Sevilla atlética para convertir del deporte en arte. La Glorieta de Bécquer lugar para poetas errantes, y para enamorados que se abrazaban bajo la atenta mirada del maestro del Romanticismo.

Tronco caído en la fuente de los leones, ejemplo de algunas tristes imágenes del Parque l Daniel Moya López
La seguridad ha mejorado, aunque ni de lejos ha conseguido placar el problema. La Plaza de España se ha cercado con enormes rejas, y guardas de seguridad se cercioran de que nadie se queda en el interior del Parque de María Luisa. Sería ideal que las puertas permanecieran abiertas, y que se pudiera pasar la noche entre esos caminos en los que las hojas bailan al componer del viento. Pero la mentalidad humana, en claro retroceso, priva de ese caviar intangible por precaución.
El Parque de María Luisa es una belleza enjaulada en tiempos modernos. Jardín de Sevilla que respira recuerdos, se inmortaliza en fotografías y guarda resquicios de esperanzas. Su situación no es crítica, pero sí más que mejorable. Lo que nadie le quitará será ser escenario de besos y final de días memorables, de manos entrelazadas con niños en una tarde en la que el tiempo pasa tan rápido como antaño, de recogimiento nocturno mientras cornetas y tambores se cuelan entre las ramas en Semana Santa, de imágenes de aquel viaje inolvidable, de reportajes, como éste, de escritores que anhelan volver a sentarse en sus jardines junto a aquellos ojos que eran su poesía.






























